"...Sólo eran los desvaríos, los delirios fantásticos y las divagaciones de un loco y romántico soñador que buscaba lidiar con sus ilusiones y sus quimeras para darles alguna forma real, como si desangrarse en tinta fuera la única manera posible de atar lo que sentía a palabras. Y como tales, no valían la pena..."

martes, 9 de marzo de 2010

Infinita Decadencia


Salí a la calle, apurando mis pasos. Salí a la calle, apurando el vaso. Mi vida, vacía de emoción y llena de humo y alcohol, caía como caían las gotas desde el infierno que se alzaba más allá del alcance de los infames rascacielos, pruebas vivientes de la idiotez humana, réplicas despreciables de una Babel nunca lograda. Rodaba, llorando, arrastrada como una puta en un callejón, hacia la rotonda que se extendía calle abajo a doscientos metros de mis pies.

Tosí, con sangre, como los últimos tres días. El frío ya me importaba una mierda. Mi vida era como las pocas gotas del whisky barato que me quedaban en el vaso que tenía en la mano izquierda. Lo tiré, lejos, como tiré todos los años que inexorablemente quedaban en el pasado. Lo tiré lejos como tiré a Elena, a mi viejo, la vieja, y a tantos otros más. Voló, surcando un espacio negro de vacíos y temores, y aterrizó estallando en pedazos cerca de una pareja que caminaba en mi misma dirección. La mujer se alarmó, escandalizada, y el tipo se dio vuelta para mirarme amenazadoramente. Creo que le grité un “¡Jodete, forro!”, pero como un ataque de tos convulsiva me sacudió internamente, haciéndome caer al piso, no estoy seguro de que ello realmente sucedió. Un delirio, nada más y nada menos, de alguien que estaba cada vez más cerca de su Infierno con cada paso que daba, con cada ridícula porción de oxígeno que ingresaba en sus desgastados pulmones. Porque no es verdad que hay un Infierno común para todos, Dante. Deberías haber escrito menos, y vivido más. La gente vive en sus Infiernos. Es lo que los motiva a querer escapar. Y en cambio vos, como todos los otros maricones que viven sus vidas de escritores, llenas de misterios baratos y affairs con plumas y tinta, te encerraste en tus mundos, porque es la única forma que tenías de controlar algo. Ah, sí. Ahí, en tus mundos, podías hacer lo que te venga la gana. Crear. Matar. Amar. Odiar. Celar. Viajar. Incluso llegar a los siete Círculos del Averno. Pero salís a la calle, y la vida te golpea, te golpea como el viento de un huracán, y te deja escupiendo sangre, haciendo un esfuerzo sobrehumano para morirte unos metros más allá. Como si fuera posible.

Y cuando te arrastrás por un pedazo de cemento y brea mojado, en el cual los pequeños charcos de agua se entremezclan con las manchas de aceite que esos monstruos de cuatro ruedas y treinta-y-pico de miles de dólares dejan por ahí, revolcándote en tu Infinita Decadencia, sintiendo odio por vos mismo y por todo lo que te rodea, pero sobre todo por todo lo que te hace ser vos, es cuando te das cuenta que no sos nada más que una bacteria. Y no de las buenas, sino de las cuales, cuando uno se libra de ellas, no se las extraña más.

Evitando pensar en que la mugre de la calle, que entraba por mis labios resecos, tenía un asquerosamente delicioso sabor, me agarré del espejito de una de las 4x4 que custodiaban el eterno pasillo que me dirigía a mi meta final, e hice fuerzas para levantarme. Una nueva oleada de tos sangrante, y allí la teníamos: una obra de arte hecha a espasmos y estertores en el polarizado de aquella Toyota. Para coronar mi morbosa Mágnum Opus, dibujé una carita sonriente con mis dedos.

Me alejé riendo como un desquiciado, y el resto de mi camino hacia el calvario se hizo asombrosamente rápido. La clemencia de los Ángeles, esa que vuelve al que está pronto a morir en una quietud mental, había absorbido el dolor punzante de mis pulmones, y comenzaba a desensibilizar mis músculos, y sobre todo mi materia gris, o lo que quedaba de ella. “A la mierda”-me dije.-“a mi no me convencen las cosas así de fáciles.”-
Ni siquiera tuve que moverme mucho para ponerme en el camino de aquel camión con acoplado que venía en dirección contraria a mí. Fue la luz, y luego…

Ni siquiera iban a extrañar a esta bacteria. Para cuando me desengancharan de alguna de las ruedas del acoplado, no iba a ser más que una mancha roja en la avenida, entre ropas mugrientas. Sic transit gloria mundi. Me sentí como en casa. Ahí también estaba Dante.+

I Orce Siort Fader

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