"...Sólo eran los desvaríos, los delirios fantásticos y las divagaciones de un loco y romántico soñador que buscaba lidiar con sus ilusiones y sus quimeras para darles alguna forma real, como si desangrarse en tinta fuera la única manera posible de atar lo que sentía a palabras. Y como tales, no valían la pena..."

lunes, 11 de julio de 2011

Pequeña Crónica de una Noche como cualquier otra...

Gira para un lado, pero la comodidad no se halla allí. Gira nuevamente sobre si mismo, siempre conservándose en aquella mitad vertical de la cama un poco marcada por su propio peso y el de alguien más. Pero la incomodidad no es inherente a la cama, sino que proviene de él. En esos momentos cruza por su pensamiento que le gustaría tener alguien a quien abrazar, para poder imitar su relajación y dormirse él también, o quizá despertarla para pedir una palabra o un beso de consuelo, porque aunque no quiera admitirlo, aunque trate de mantenerlo a raya, está angustiado. Pero no hay nadie allí, y él abre sus ojos. Se da cuenta de que hace mucho que no hace eso: abrir bien los ojos cuando la casa se halla sumergida en una silenciosa y completa oscuridad. Hay algo relajante en ello, piensa, mientras su mirada se posa en la pequeña titilante luz del piloto de la estufa.
Sabe que de ahora en adelante, todo es desconocido. Que ya no hay grandes pistas de aterrizaje, señalizadas y con sabor a hogar. Poco a poco entiende que se debe desarmar, pero que ese desarme no es igual a ninguno que haya conocido antes, porque no implica un cambio de vendaje ni un torniquete, sino un verdadero sangrar. Que va a doler. Y se siente desnudo, frágil. Y como un piloto de avión inexperto, los giros lo marean, los giros lo aturden, y ya no sabe dónde está arriba y dónde está abajo porque es él mismo quien tiene que construir sus propias dimensiones a través de un trabajo exhaustivo que ocupa cada milésima de segundo. Y quiere correr a esos brazos que ansiaba en su cama pero que tampoco están fuera de ella. Porque sabe que aunque el desafío es duro, no es imposible. Que por más que esté desorientado, está bien y es feliz de una manera que nunca había conocido antes. Y también la desea de una forma que no había conocido antes. Un deseo despejado de aquellos aspectos que habían nublado su visión en el pasado; un deseo por tenerla a su lado, por sus besos, por sus risas, por su calor. Por sus divertidas locuras, por su temperamento fuerte y por esa gracia tan femenina con la que se luce sin siquiera quererlo.
Pero se levanta buscando el confort y la seguridad que simbolizan una taza de té caliente, porque sabe que no es sólo el cálido líquido lo que ingresa por su boca, sino que transporta el sabor de la vida y le recuerda todo lo que quiere saborear en la suya.

Y quiere saber de ella, pero ella probablemente está haciendo con otro lo que querría que fuera con él, ajena a ese insomnio tan particular suyo. Y hace enormes esfuerzos por evitar contactarla, porque ella está lejos de su alcance por las ridículas leyes del espacio tiempo y quizá por algo más. Y las cavilaciones nocturnas se anexan a las diurnas y ahora quiere saber si la separación es sólo temporal o si cabe la posibilidad de que ella también lo espere, a través de los brazos de otro, a él.
Por eso toma un trago de té y se sienta a escribir esta pequeña crónica de una noche como cualquier otra, esta suerte de confesión de que...se ha levantado tan sólo a escribir sobre ella.


I Orce Siort Fader (una vez más) desvelado