"Incluso si sus palabras no eran más que crueles mentiras, sonaban tan bellas cuando provenían de su dulce voz, que mi corazón no podía evitar detenerse al escucharlo, como si obedeciera un mandato implícito de parte de mi mente…Como si ningún otro sonido tuviese prioridad, o fuese más importante, que el que provenía de sus labios al hablar…y así mi corazón enmudecía, reviviendo tan sólo en los intervalos de silencio. Así, también, mi razón no se alzaba en protestas y reproches como me sucedía cuando estaba sola, y todo pensamiento quedaba en suspenso, como si mi entera atención pudiera estar dedicada a cada gesto, cada músculo en movimiento, cada matiz en sus ojos, y cada ínfimo detalle de su cara, su pelo, su cuerpo. Estaba tan completamente perdida…"
(Cytryn)