Se murió, y la enterré en tu baúl de cuerpos usados, de los disfraces gastados con los que solíamos ocultar tanta pasión. Ahí quedó, aplastada contra uno de los lados, y enseguida se llenó de polvo. Recuerdo sonreír pensando la amarga ironía de aquellas lenguas viperinas que gritaban a los cuatro vientos: Ash to ash, dust to dust. Arrojé un par de lágrimas que hicieron eco de lamentos sin sentido al rozar esa época fallecida, y que fueron absorbidas con la misma necesidad que la tierra seca traga la lluvia.
Pero después me di vuelta, y salí a mi jardín. Tenía una taza de té caliente entre mis manos, y tomaba de a sorbos para no quemarme la lengua. Levanté los ojos hacia el sol, y cerré mis párpados. Si no la sentí morir, fue porque se había muerto hace tiempo. Y al entenderlo, avancé un paso hacia la luz. Porque si hoy te doy la espalda, es porque todavía quedan otras partes de mi ser que están vivas. Y lo siento, pero las pienso aprovechar.