"...Sólo eran los desvaríos, los delirios fantásticos y las divagaciones de un loco y romántico soñador que buscaba lidiar con sus ilusiones y sus quimeras para darles alguna forma real, como si desangrarse en tinta fuera la única manera posible de atar lo que sentía a palabras. Y como tales, no valían la pena..."

martes, 28 de julio de 2009

Qué hacer cuando las lágrimas no alcanzan...


Él está ahí, esperando. Quién sabe qué exactamente. Probablemente hasta él lo haya olvidado. Es muy fácil olvidar ciertas cosas cuando uno está en la calle. Olvida sus antiguos ascos, porque ahora forman parte de la vida diaria. Olvida sus antiguos miedos, porque ahora tiene que enfrentarlos cotidianamente. Y uno cae en el olvido. Pero hay ciertas cosas que permanecen grabadas en la memoria, marcadas a fuego, como las vacas. El sabor de una buena comida. El calor de un hogar, con una cama. El respeto demostrado por los demás cuando "se era alguien" y no una mera sombra. Un bulto.
¿El trabajo? Una ilusión. Al igual que el amor, la comida, un buen baño y el poder soñar con una vida mejor. Son fantasmas que se agitan cuando uno trata de dormitar, acomodado entre cartones, diarios, bolsas y por ahí, si uno tiene suerte, una manta vieja y un poco agujereada que no le sirvió más a alguien y fue abandonada en un container. Espectros que se ríen fuerte, bien fuerte, entre el soplido del viento frío de la noche, y que son los que no te dejan dormir.
¿Quién fue el idiota que dijo que la mirada de los desamparados está vacía, perdida, ausente? Que lo apedreen por ciego. Está viva, viva, viva. Triste. Obvio que uno quisiera llorar. Las memorias de la familia, de la casa, de los proyectos a futuro, son heridas que solo cierran cuando el cuerpo empieza a descomponerse en un solitario agujero que el municipio pagó, un modesto rinconcito donde hacer el descanso final. Pero uno sabe, si no desde el primer día, desde el segundo y los demás, que está más allá de toda lágrima. Se puede permitir una o dos, pero no más que eso, entre trago y trago, que es la mejor anestesia.Igual algunos preferimos no beber ni fumar. Es un gasto innecesario en un presupuesto limitado.
-¿No le gusta mi olor, señora? Está bien, a mi tampoco. Apesta. Es el olor de la desigualdad, ¿vió? Pero lo que peor huele, disculpe mi insolencia, es el olor a su hipocresía.-
¿Qué hacer cuando las lágrimas no alcanzan? Pues eso, sobrevivir.
I Orce Siort Fader